jueves, 29 de agosto de 2002

Jean-Pierre Vernant: El individuo, la muerte y el amor en la antigua Grecia

Publicado en Suplemento Cultura, diario La Nación, el Miércoles 28 de agosto de 2002

Jean-Pierre Vernant es, indudablemente, uno de los pensadores contemporáneos que más ha contribuido a mantener vivo el interés por el mundo griego. Mito y pensamiento en los griegos , Mito y sociedad en Grecia antigua y Los orígenes del pensamiento griego son algunos de los títulos más conocidos de una vasta obra, producto de más de 50 años de sostenida labor como docente e investigador. Su último libro traducido al español, El individuo, la muerte y el amor en la antigua Grecia , reúne diez ensayos en los que la particular combinación de rigor y belleza que suele caracterizar sus textos no está de ningún modo ausente.

En el prólogo, Vernant sostiene que el concepto que organiza estos ensayos es el de identidad. No obstante, al avanzar en la lectura se reiteran las referencias a la muerte, los dioses, la mujer, los extranjeros, las jerarquías sociales mientras que la cuestión de la identidad es apenas mencionada. ¿Cómo salvar esta aparente contradicción? Vernant explica que para los griegos la identidad no se alcanza -como sucede en el individualismo moderno- mediante la introspección, sino a través de la confrontación con algo que desde su alteridad, a modo de espejo, conduce a la construcción del sí mismo. En este sentido, los dioses, las mujeres y los extranjeros constituyen esos otros frente a los cuales el varón griego descubre quién es. Y junto a ellos, potenciando su nivel de alteridad, la muerte aparece como el gran Otro, como el espejo definitivo ante el cual es necesario ponerse de pie para conocerse. En los primeros siete ensayos del libro, Vernant desarrolla posibles vínculos entre la muerte y las otras formas de la alteridad.

En relación con los dioses, la muerte es la marca que señala la frontera infranqueable entre su mundo y el mundo humano. Los dioses no conocen la muerte (ni la vejez, que es una suerte de morir cotidiano); los hombres no pueden escapar de ella. Sin embargo, los griegos concibieron un modo de alcanzar cierto tipo de inmortalidad: "la caída en el campo de batalla -sostiene Vernant- salva al guerrero de este inexorable destino, de semejante deterioro de todos los valores que conforman la areté [excelencia] viril". La "bella muerte" -de la que Aquiles es paradigma- le abre la posibilidad al joven guerrero de suscitar cantos que lo celebren a lo largo de todos los tiempos y, a su vez, de merecer honras fúnebres y monumentos que lo consagren como ejemplo viviente para quienes no han compartido su suerte. Perduración en la palabra y en el monumento como modos de alcanzar la inmortalidad en la memoria colectiva. Por contraposición, la muerte que llega tras largos años puede evidenciar la cobardía de quien no supo arriesgarse lo suficiente, de quien ponderó la supervivencia por encima de la gloria. Así, la muerte no sólo diferencia a los dioses de los hombres sino que permite establecer jerarquías entre estos últimos.

Para desarrollar el vínculo entre la muerte y la mujer , el autor compara diversas figuras de la muerte en Grecia y muestra cómo Thánatos, su nombre masculino, "no tiene nada de terrorífico" e, incluso, puede emplearse para designar a la "bella muerte" del joven guerrero, mientras que Gorgona y Kere, figuras femeninas, "parecerían más próximas a todo eso que la transformación del vivo en cadáver y del cadáver en carroña pueden tener de repulsivo y horroroso". Hesíodo y su relato de la creación de Pandora le permiten recordar a Vernant, además, que "la muerte y la mujer surgieron al mismo tiempo". En otro orden, diversos textos atestiguan que, para los griegos, el deseo amoroso -encarnado en la mujer- produce efectos semejantes a los de la muerte: "el deseo, durante el asalto amoroso, quiebra las rodillas, y la muerte hace lo mismo durante el combate guerrero".

Finalmente, la actitud hacia ese gran Otro que es la muerte es postulada como una clave que permite advertir rasgos esenciales de la sociedad a la que uno pertenece. Es que, para Vernant, en toda comunidad hay una "Ôpolítica´ de la muerte" que traduce los esfuerzos que en su seno se llevan adelante para "administrarla", para quitarle el manto de horror que aterra a los hombres. Por ello, para aproximarse a la "ideología funeraria" griega, el autor confronta sus rituales mortuorios con los de la India brahmánica y los de la antigua Mesopotamia.

El volumen se completa con un texto en el que se analizan diversas concepciones del amor (la del Aristófanes platónico, la de Diotima, de El banquete y la del mito de Narciso), un texto dedicado al estudio de la educación de los jóvenes en la antigua Esparta y un extenso ensayo acerca de la noción de individuo en Grecia, en el que se señalan las principales diferencias con el significado que actualmente se le otorga al término.

Como en sus trabajos mayores, Vernant da muestras aquí de su capacidad para abrir perspectivas novedosas, inteligentes y, al mismo tiempo, de su habilidad para presentarlas con un lenguaje que conjuga la precisión del investigador, la claridad del pedagogo y la seducción del gran narrador.

Gustavo Santiago

jueves, 1 de agosto de 2002

Alain Badiou: Breve tratado de ontología transitoria

Publicada en Suplemento Cultura diario La Nación el Miércoles 31 de julio de 2002

BREVE TRATADO DE ONTOLOGIA TRANSITORIA

Por Alain Badiou-(Gedisa)


Durante años, Alain Badiou transitó por los márgenes de la filosofía en Francia. Mientras los pensadores de mayor renombre se encolumnaban detrás del posestructuralismo, la hermenéutica o el posmodernismo, Badiou continuaba defendiendo conceptos como los de "verdad" y "sujeto". Actualmente, cuando las "filosofías del fin" (de la Historia, del sujeto, de los Grandes Relatos, del Hombre) comienzan a percibirse como modas intelectuales superadas, el pensamiento de Badiou alcanza su máximo reconocimiento: hoy se lo considera una de las principales figuras de la filosofía francesa contemporánea, al tiempo que El ser y el acontecimiento (1988), su texto fundamental, es releído como una de las grandes obras de la filosofía del siglo XX.

Precisamente en el prólogo a la edición española de ese libro, publicada en 1999, Badiou anunciaba una segunda parte que lo completaría, anticipada parcialmente en un texto que por entonces acababa de conocerse en francés. Ese texto, mediador entre las dos partes de El ser y el acontecimiento, ha sido recientemente traducido y publicado con el nombre de Breve tratado de ontología transitoria .

La brevedad a la que alude el título y que puede referirse tanto al libro en general como a los catorce capítulos que los componen -uno de ellos, por ejemplo, de apenas cuatro páginas- no debe llevar al lector al error de creer que va a encontrarse con un texto simple, ligero. En este caso, brevedad es sinónimo de condensación y, por lo tanto, de necesidad de realizar un importante esfuerzo para comprender aquello que se presenta de modo sintético. Además, como también advierte el título, si bien breve, el libro es un tratado -y no una mera compilación de artículos cortos- en el que cada capítulo se asume como parte de un todo que va construyéndose a través de una argumentación clara, con un hilo conductor fuerte.

La cuestión central tematizada es la "ontología transitoria". El propio Badiou se encarga en una nota introductoria de aclarar el concepto: "Llamo Ôontología transitoria´ a la ontología que se despliega entre la ciencia del ser en tanto que ser, o teoría de lo múltiple puro, y la ciencia del aparecer, o lógica de la consistencia de los universos que efectivamente se presentan". Todo el libro no es más ni menos que el desarrollo de esta expresión.

En principio, cabe recordar que para Badiou la ontología, la disciplina que se ocupa "del ser en tanto que ser" no es, como se viene sosteniendo desde Aristóteles, la filosofía sino la matemática. Pero la matemática entendida como pensamiento y no como mero cálculo.

La degradación de la matemática tiene su origen, según el autor, en Aristóteles quien, aludiendo a los académicos platónicos, sostuvo que los matemáticos consideran "como ser a un pseudo ser". Por tratarse de una disciplina que trabaja con objetos que no son reales, la matemática queda así relegada al lugar de una construcción ficcional que poco tiene que ver con la verdad. Como contrapartida de esta posición aristotélica -que Badiou encuentra presente también en las filosofías del "giro lingüístico" deudoras de Heidegger y Wittgenstein-, el autor asume la defensa de una matemática de corte platónica concebida como el lugar del pensamiento del ser en tanto que ser. Pero esto no significa volver a las Ideas platónicas trascendentes. Enlazando el concepto de intuición platónica con la decisión sobre los enunciados existenciales propia de la matemática axiomática, Badiou postula una ontología en la que a partir de unos pocos axiomas "intuidos" se despliegue una lógica que permita hablar de algo que existe en un cierto universo matemático. Si la matemática, a partir de estos axiomas, puede decidir aquello que existe, y si de lo que se trata es del ser sin ninguna cualidad, parece razonable que Badiou llame a esto "ontología": "la ontología -sostiene- no es otra cosa que la propia matemática. Lo que puede decirse racionalmente del ser en tanto que ser, del ser desprovisto de cualquier otra cualidad o predicado que no sea el del único hecho de hallarse expuesto al pensamiento como ente, se dice, o más bien se escribe, como matemática pura".

Ahora bien, una vez que se acepta la demostración de Badiou de que la matemática como pensamiento que se ocupa del ser en tanto ser merece el nombre de ontología, ¿qué lugar queda para la filosofía? Una respuesta a esta pregunta puede hallarse en los capítulos tres a cinco y catorce, donde Badiou discute con Deleuze en torno a la noción de acontecimiento. Porque, liberada de atribuciones impropias, la filosofía se asume como "teoría general del acontecimiento". Esto es, en términos de Badiou, como la disciplina que se ocupa de los puntos de ruptura en cuanto al ser, de aquello que sin poder ser previsto "sale a la superficie, desplazando o revocando la lógica del lugar". Esta cuestión del ser y el aparecer, que es apenas esbozada en el último capítulo, se anuncia como el elemento principal de la segunda parte de El ser y el acontecimiento .

Leer a Badiou no es precisamente una actividad distendida y amena. Cada página requiere más de una lectura, cada párrafo exige suma atención para no perder ningún eslabón de la cadena argumentativa que permite avanzar a través del laberinto filosófico-matemático construido por el autor. Pero ese esfuerzo es acompañado por la impresión de que acaso se esté transitando por unas de las páginas más significativas que la filosofía contemporánea puede ofrecernos.

Gustavo Santiago