miércoles, 26 de julio de 2006

Michel Onfray: Tratado de ateología

Publicado en Suplemento Cultura, diario La Nación, el Domingo 23 de julio de 2006

Michel Onfray es el más reciente "niño terrible" de la filosofía francesa. Su anarquismo hedonista de corte cínico-nietzscheano, su afición por temas marginales (o marginados) de la filosofía y su prosa irreverente, irónica y por momentos agresiva hacen que cada texto suyo sea esperado con inquietud.

En Tratado de ateología , su último libro traducido al español (que en la edición argentina cuenta con un prólogo de Esther Díaz), el estilete de Onfray se introduce en la religión. Su objetivo es realizar una impugnación del monoteísmo que permita abrir camino hacia un nuevo orden ético político despojado de toda alusión a una trascendencia.

Onfray define tres tareas para la ateología. La primera es la deconstrucción de los tres monoteísmos mediante la demostración de que en su base existen diferencias de grado, no de naturaleza. "Los tres monoteísmos -sostiene Onfray-, a los que anima la misma pulsión de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio a la razón y a la inteligencia; odio a la libertad; odio a todos los libros en nombre de uno solo; odio a la vida; odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer; odio a lo femenino; odio al cuerpo, a los deseos y las pulsiones." El filósofo despliega numerosos ejemplos en los que el interés por un más allá se muestra como antagónico con el de construir un "más acá" en que el amor al prójimo, el desarrollo del conocimiento, el derecho al placer puedan tener un lugar asegurado.

La segunda tarea de la ateología consiste en tomar una de las tres religiones para ver en detalle los procesos de su gestación. Emprende Onfray, entonces, la deconstrucción del cristianismo. En ella (como ya sucedía en El anticristo de Nietzsche), la figura que mejor parada resulta es la de Jesús. Para Onfray, Jesús es más un personaje conceptual -una construcción que condensa la histeria y la aspiración mesiánica de la época- que un hombre real, y su papel en la historia sólo se torna significativo "cuando se convierte en el rehén de Pablo". Por ello es justamente Pablo quien, como mentor de la máquina religiosa cristiana, se hace acreedor de los más duros ataques por parte de Onfray. Así, el filósofo afirma que "incapaz de poder llevar una vida sexual digna de ese nombre, Pablo decreta nula y sin valor cualquier forma de sexualidad para él, sin duda, pero también para todos [...] El odio a sí mismo se transformó en un inmenso odio al mundo y a todo lo que constituía su interés: la vida, el amor, el deseo, el placer, las sensaciones, el cuerpo, la carne, la alegría, la libertad, la independencia y la autonomía".

La última tarea de la ateología es la deconstrucción de las teocracias. Si se coincide con el autor en que "la existencia de Dios ha generado en su nombre muchas más batallas, masacres, conflictos y guerras en la historia que paz, serenidad, amor al prójimo, perdón de los pecados o tolerancia", se compartirá también su rechazo a todo tipo de gobierno fundamentado sobre una creencia religiosa. No se trata de rechazar alguna de ellas en nombre de las otras (tal como el panorama político actual parece sugerir), sino de militar en favor de un auténtico ateísmo que concentre su atención en la inmanencia. Para abonar su posición, Onfray recuerda las no menos oscuras que sólidas relaciones entre el Vaticano y Hitler, y se detiene también en el análisis de la noción de "guerra santa" y en lo que llama "fascismo musulmán".

La triple deconstrucción culmina, según Onfray, en un trabajo filosófico sobre sí mismo, liberado de toda aspiración a la trascendencia: "la introspección bien llevada logra alejar los sueños y delirios que nutren a los dioses. El ateísmo no es una terapia, sino salud mental recuperada".

El libro se apoya, en su conjunto, en una serie de supuestos que el autor toma como obviamente verdaderos y que, aun cuando los repite con insistencia, no se detiene a justificar: que la creencia religiosa se nutre de la ignorancia y la alienta; que lo que impulsa a la adhesión religiosa es la pulsión de muerte y que una de sus consecuencias más lamentables es la evasión de este mundo -con la falta de compromiso para trabajar en favor de su mejora que ella implica-; que, como patología privada, la creencia en lo trascendente es lamentable, pero que, como proyecto político, la religión resulta nefasta.

Como sucede con otros textos de Onfray, más que de un lector crítico se requiere aquí de un lector aliado. Quien comparta sus supuestos disfrutará enormemente del libro (tanto por las estocadas frontales como por la ironía y el humor que exhiben algunos pasajes); quien no los comparta, en cambio, pronto se sentirá excluido y la indignación le impedirá avanzar en la lectura.

Gustavo Santiago