martes, 10 de julio de 2007

Reconstrucción de un amor

Convengamos en que las retitulaciones de las películas en otro idioma suelen ser lamentables.

No en este caso.

Porque el original "Reconstrucción" es, indudablemente, más amplio, pero también más vago.

Puede aludir al filme, a la vida de los personajes, a toda situación de creación poética.

Pero reconstruir un amor...

Ya construirlo parece ser una empresa destinada al fracaso...

¡Reconstruirlo!

No obstante, algo de eso hay en la película.

Porque la relación entre Aimee y Alex es una relación que más que construirse está en permanente reconstrucción.

Es claro que quien pretende estar detrás de ella es August. Es él quien provoca el encuentro de los personajes de su novela. Pero también está claro que los personajes se le escapan, como le sucede a todo escritor.

Por eso, si bien August construye la relación, en cuanto se da cuenta del peligro que corre intenta sabotearla. Y es aquí donde los personajes tienen que "reconstruirse" (y a su amor, y a su mundo) permanentemente.



Es una ficción, pero igual duele.

¿Por qué duele?

¿Cuánto de ese dolor tiene que ver con las ficciones que cada día nos vemos forzados a inventar para poder seguir jugando a ser quienes creemos que somos, mientras diversos autores se empeñan en organizar nuestras vidas según sus intereses, deseos, necesidades? (No puedes dejarme, no puedes dejarlo, le dicen a Aimee August y Monica).

Supongamos que no creemos en Autores trascendentes. ¿Nos liberamos con ello de la función autor?
Nietzsche nos advirtió que la cosa no era tan fácil. ¿Recuerdan el texto del loco de la Gaya Ciencia, aquel que anunciaba la muerte de Dios?
Muerto el Autor nos vemos obligados a hacernos cargo de nuestra propia existencia o, lo que es lo mismo, de nuestra propia ficción.
Pero, por lo general, preferimos resucitar cualquier ídolo con tal de tener a quien hacer responsable por nuestra propia impotencia. Preferimos idear un autor antes que hacerle frente a lo incierto de nuestro horizonte.

Alex nos marca un camino, a modo de referencia.
Hay que jugarse por el sinsentido, empeñar la cámara de fotos -lo que nos da de comer- para reservar los pasajes a Roma con la mujer/acontecimiento que se nos cruza en el camino.
Sin embargo, a la hora de la verdad también Alex flaquea.
No acude a tiempo a encontrarse (¿reencontrarse?) con la mujer de sus sueños. Se queda atado a su doble "real" (recordemos que la misma actriz encarna a Simone y a Aimee) y cuando quiere reaccionar ya es tarde. La fisura entre las dos ficciones se ha cerrado y nada parece ser capaz de volver a abrirla.
Sólo le queda intentar retornar a un mundo que ya lo ha expulsado, que le ha quitado los amigos, el hogar, el trabajo.

O volver a soñar...

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