lunes, 29 de octubre de 2007

El amor y los celos en Proust, según Deleuze

En estos textos Deleuze muestra cómo, desde la mirada de Proust, los celos no son algo ajeno al amor, sino un componente suyo. Amar implica poner atención en alguien que forma parte de un mundo que es exterior al del amante. De modo que los gestos del amado -especialmente los gestos del amor- remiten a otros con quienes los aprendió, los puso en juego, los transformó en hábitos. El amado nos muestra a cada instante que no somos los primeros en su vida, ni los únicos. Los celos son la marca de un sujeto que no lo es todo y que no lo controla todo.

"Enamorarse es individualizar a alguien por los signos que causa o emite. Es sensibilizarse frente a estos signos, hacer de ellos el aprendizaje (...).
El ser amado aparece como un signo, un "alma": expresa un mundo posible desconocido para nosotros. El amado implica, envuelve, aprisiona un mundo que hay que descifrar, es decir, interpretar. Se trata incluso de una pluralidad de mundos; el pluralismo del amor no sólo concierne a la multiplicidad de los seres amados, sino a la multiplicidad de las almas o de los mundos de cada uno de ellos (...).
Hay una contradicción del amor. No podemos interpretar los signos de un ser amado sin desembocar en estos mundos que no nos han esperado para formarse, que se formaron con otras personas, y en los que no somos en principio más que un objeto entre otros (...).
El amado nos envía signos de preferencia; pero como estos signos son los mismos que los que expresan mundos de los que no formamos parte, cada preferencia de la que nos beneficiamos traza la imagen del mundo posible en el que otros podrían ser o son preferidos".

"La memoria del celoso quiere retenerlo todo, ya que el menor detalle puede aparecer como un signo o un síntoma de mentira; quiere almacenarlo todo para que la inteligencia disponga de la materia necesaria para sus futuras interpretaciones. En la memoria del celoso existe algo sublime: se enfrenta a sus propios límites, y, tendida hacia el futuro, se esfuerza por superarlos. Sin embargo llega demasiado tarde, ya que no ha sabido distinguir al momento la frase que debía retener, o el gesto cuyo sentido todavía desconocía".

(Deleuze, Proust y los signos, p.p. 12, 13, 53)

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