miércoles, 19 de diciembre de 2007

Fin de año: diferencia y repetición.

Postulemos dos dimensiones del tiempo. Una, la del suceder; el tiempo en el que prima la diferencia. Cada instante viene luego de otro solamente porque se trata de un instante diferente (dos instantes idénticos serían, en realidad, el mismo instante). Es un tiempo en el que la cualidad provoca la diferencia que, simultáneamente, se traduce en cantidad. Podemos sumar, cuantitativamente, instantes porque los instantes son cualitativamente diferentes.
Pero sobre este tiempo se imprime otro (que no deja de ser el mismo, aunque diferente): el tiempo en el que impera la repetición. El contador del reloj vuelve a cero al terminar la hora veintitrés. Todo se repite. Aunque, lo sabemos, cada repetición es diferente.
Esta cualificación del tiempo por la repetición se percibe con mucha claridad en los rituales, las fiestas, las conmemoraciones. Sabemos que el 31 de diciembre es un día cualquiera. Sabemos que su datación es arbitraria y convencional. Sin embargo, cada año la llegada del último día arrastra inevitablemente a los otros trescientos sesenta y cinco y los coloca en una balanza. Y no sólo a ellos: también convoca a juicio a todos los 31 de diciembre vividos (algo semejante a lo que sucede, a nivel íntimo, con los cumpleaños). Cada fin de año es una repetición de los otros; cada fin de año se diferencia de los otros. Este año alguien no está en la mesa, o hay alguien nuevo, o los que están ya no se miran como se miraban hace un año o dos o treinta. La misma fecha, siempre diferente. Las mismas personas, siempre diferentes. El mismo tiempo, plegado con los mismos pliegues. Siempre diferente.

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