domingo, 11 de enero de 2009

Alain Finkielkraut Peter Sloterdijk: Los latidos del mundo

Auscultar la actualidad
Por Gustavo Santiago

Los latidos del mundo
Por Alain Finkielkraut y Peter Sloterdijk
Amorrortu


Alain Finkielkraut (París, 1949) y Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) tienen muchas cosas en común. La fundamental: ambos se dedican a la filosofía y la ejercen tanto en el ámbito académico como en el periodístico. Pero, además, los dos poseen una inagotable capacidad para despertar la irritación en sus colegas. Basta con recordar los ataques desde la izquierda francesa a Finkielkraut, a quien consideran uno de los principales "nuevos reaccionarios", o la enérgica réplica que en su momento lanzó Jürgen Habermas contra el artículo "Reglas para el parque humano", de Sloterdijk, donde acusó a su compatriota de emplear categorías propias del nazismo. Lejos de amedrentarlos, esos cuestionamientos parecen alimentar su reflexión y haber generado una suerte de espíritu solidario que los ha aproximado entre sí. Fruto de ese encuentro intelectual surgió Los latidos del mundo , un libro escrito conjuntamente en el que, como si se tratara de dos celebridades en medicina, se dedican a auscultar el mundo y a emitir un diagnóstico sobre su salud actual.
Los temas que surgen en la conversación son muy variados. Pero podríamos agruparlos en tres zonas, cada una con patologías específicas: el mundo intelectual, el mediático y el político.
En el mundo intelectual, los autores se concentran en tres malestares básicos. Uno de ellos es la generalización de lo "políticamente correcto". Su nocividad radica no sólo en que son pocos los intelectuales que se atreven a decir lo que piensan sino en que nadie cree en lo que dicen los demás. El segundo elemento negativo es el abuso que los ensayistas contemporáneos hacen del concepto del "Otro", al que frecuentemente interpretan de un modo peligrosamente ingenuo. Esos intelectuales olvidan -según Finkielkraut y Sloterdijk- que el Otro en algunos casos puede ser un enemigo y no simplemente alguien "desconocido, raro, diferente". Finalmente, no dejan de criticar al radicalismo de izquierda que, según ellos, ha promovido una "muy justa y muy dura" crítica contra la derecha intelectual, pero ha incurrido en una "autoamnistía".
Respecto del mundo mediático, los autores destacan dos grandes males: el escándalo y la "monetarización de la verdad". El predominio del escándalo en los medios es presentado como un retorno a los espectáculos típicos del Circo romano: "La sangre moral de las víctimas inocentes a las que se ofende tiene que correr para que el espectáculo pueda continuar". Todo vale con tal de conseguir un punto de rating. Junto a esto, denuncian una "monetarización de la verdad": "la opinión pública -sostienen- se ha transformado en una Bolsa. Publicar opiniones equivale hoy a negociar acciones, acciones de opinión. La publicación de una hipótesis que escandaliza es el equivalente publicitario del lanzamiento de una nueva acción en la bolsa."
Finalmente, la auscultación del mundo se detiene en los latidos políticos. Aquí las dolencias son muy numerosas. Quizá la más alarmante sea el retorno recurrente de la violencia tras períodos sumamente breves de paz. Los filósofos denuncian que "en la actualidad no hay prácticamente nadie, entre los teóricos o los políticos, que defienda un pacifismo a la altura de nuestras intuiciones teóricas más avanzadas. No se trata del pacifismo afectuoso de moda (...), sino de un pacifismo de las profundidades". Contra esa posibilidad de pacificación atentan la "sensación de humillación" experimentada por los palestinos tanto como el nuevo antisemitismo que, según los autores, surge contra la conciencia de un Estado de Israel fuerte. También Estados Unidos ha aportado su cuota de malestar, particularmente con el rol de "supervíctima" que ha jugado desde el 11 de septiembre de 2001, que lo llevó a perder su capacidad de neutralidad. "Hasta ese día funesto, Estados Unidos era como una instancia de apelación para los hombres enredados en la Historia. Si las cosas se ponían verdaderamente mal, quedaba ese recurso: todos éramos potenciales norteamericanos."
Pero en el diálogo no sólo se señalan los malestares, también se sugieren algunas prácticas terapéuticas. Acerca de los medios de comunicación, los autores proponen la realización de un análisis a fondo de su papel en la construcción del espacio público "para que la democracia no sea un concepto vacío". En cuanto al ámbito intelectual lo que sostienen es la necesidad de defender un "pacifismo académico" que pueda funcionar como refugio de la verdad, y que se encuentre descontaminado y libre de violencia. Finalmente, para los malestares políticos una de las propuestas es que los europeos intenten ser "más norteamericanos que los propios norteamericanos". Esto significaría recuperar "la posición del observador que invoca el privilegio de la neutralidad" y, al mismo tiempo, contribuir a expandir el espíritu norteamericano de "democratización del lujo y de la ilusión" que según Finkielkraut y Sloterdijk, "es la gran idea de nuestra época y representa, al mismo tiempo, la más hermosa continuidad del espíritu progresista de los europeos".

(Publicado en ADNcultura, La Nación, el 10/01/09)

sábado, 3 de enero de 2009

FOUCAULT 4 textos

EL ULTIMO FOUCAULT
Tomás Abraham-(comp.)-(Sudamericana)

DISCURSO Y VERDAD EN LA ANTIGUA GRECIA
Por Michel Foucault-(Paidós)-

EL VOCABULARIO DE MICHEL FOUCAULT
Por Edgardo Castro-(Universidad Nacional de Quilmes - Prometeo)

EL INFRECUENTABLE MICHEL FOUCAULT
Didier Eribon-(comp.)-(Letra Viva - Edelp)


"A Foucault nunca se lo contemplaba exactamente como a una persona. Incluso en algunas ocasiones intrascendentes, cuando entraba en una habitación, se producía como un cambio de atmósfera, una especie de acontecimiento". Con estas palabras recuerda Deleuze a Foucault en una entrevista, poco tiempo después de su muerte. Transcurridos veinte años, ¿qué fue de aquel acontecimiento-Foucault?

A juzgar por la circulación de sus textos, por la publicación de inéditos (fundamentalmente cursos y entrevistas) y por la bibliografía secundaria que generan, su intensidad no ha decaído. Como muestra de ello recorramos algunos de los textos más recientes.

En primer lugar, un texto de Foucault. Se trata, en rigor, de un curso -el último que dictó- que tuvo lugar en la Universidad de California, en Berkeley, a fines de 1983. En él se ocupa de la parresía en la Grecia clásica y helenística.

El término parresía deriva de parresiazesthai , "decir todo". Así, "el parresiasta -afirma Foucault- es alguien que dice todo lo que tiene en mente: no oculta nada, sino que abre completamente su corazón y su mente a otras personas mediante el discurso". Pero, además, ese discurso implica un riesgo ya que parresiasta es alguien que se encuentra en inferioridad, en cuanto al poder, en relación con su interlocutor. El peligro se acrecienta porque "la función de la parresía no es demostrar la verdad a algún otro, sino la función crítica". No obstante, el parresiasta no duda: para él ejercer la crítica con la verdad es una obligación. Y no sólo una obligación para con los otros sino, fundamentalmente, para consigo mismo: "se prefiere a sí mismo como un decidor de verdad en vez de como un ser viviente que es falso para sí mismo".

Luego de analizar los usos del término en Eurípides (especialmente en la obra Ion), Foucault se concentra en la parresía filosófica y la vincula con el "cuidado de sí". El primer modelo de filósofo parresiasta es Sócrates. En Laques, de Platón, sus interlocutores reconocen que hay una relación armónica entre las palabras y las acciones de Sócrates, que en sus discursos y diálogos hay una auténtica puesta en acto de la parresía: "El objetivo de la actividad parresiástica de Sócrates es conducir al interlocutor a elegir la clase de vida (bios) que estará en concordancia de armonía dórica con el logos, la virtud, la valentía y la verdad". Sócrates, entonces, con el discurso parresiástico, le revela a su interlocutor la verdad sobre sí mismo y pretende ayudarlo a encontrar la mejor vida que esté a su alcance. Si en Sócrates la parresía adquiere un estatus propiamente filosófico, es porque se vincula con una ética del cuidado de sí mismo.

Tras Sócrates, Foucault encuentra tres tipos de prácticas parresiásticas filosóficas: las que se realizan en pequeñas comunidades (epicúreos); las que tienen que ver con relaciones privadas personales (estoicos) y aquellas que se relacionan con la vida pública (cínicos). Particular atención presta Foucault a tres prácticas frecuentes en los cínicos: los sermones críticos, los comportamientos escandalosos y los "diálogos provocativos". Allí la parresía aparece con toda la dureza de una crítica frontal y peligrosa, a través de la cual el filósofo intenta "que el interlocutor interiorice esta lucha parresiástica, para luchar en sí mismo contra sus propios defectos y comportarse consigo mismo de la misma manera que Diógenes se comportaba con él".

Una curiosidad en relación con este curso para los lectores de habla hispana es que puede conseguirse en dos traducciones recientes: acaba de publicarse en editorial Paidós con el título de Discurso y verdad en la antigua Grecia, traducido por Fernando Fuentes Megías, y había aparecido unos meses atrás en Editorial Sudamericana, con traducción de Felisa Santos, dentro del libro Tomás Abraham presenta: El último Foucault. Más que por las traducciones, ambos libros se diferencian por los textos que acompañan el curso de Foucault. Mientras que el de Paidós cuenta con un breve prólogo, el de Sudamericana incluye extensos y esclarecedores ensayos sobre el pensamiento foucaultiano a cargo de Tomás Abraham, Christian Ferrer, Felisa Santos, Mónica Cabrera y Marcelo Pompei.

Si pasamos a los textos que se ocupan de la obra de Foucault, sin dudas el libro más importante, un auténtico "imprescindible", es El vocabulario de Michel Foucault, de Edgardo Castro. Se trata de un voluminoso trabajo en que el autor despliega los conceptos fundamentales de Foucault, los ubica en relación con su contexto de producción y los expone críticamente. Algo que fascina desde el primer momento es el aspecto de completud -aunque fragmentada- que posee el texto. Realmente parece imposible hallar un término significativo en el trabajo de Foucault que no haya sido incluido en el vocabulario. Al mismo tiempo, la precisión en las referencias bibliográficas apabulla tanto como entusiasma. "No se trata de un índice -aclara Castro en la Introducción-, sino más exactamente de un vocabulario. No sólo refiere dónde aparece cada término en los escritos de Foucault; quiere ofrecer además una indicación (a veces sucinta, a veces extensa) de sus usos y contextos [...]. No se trata, entonces, de una exposición del pensamiento de Foucault, sino de un instrumento de trabajo". Sin embargo, y afortunadamente, en algunos artículos extensos Castro arriesga interpretaciones y cede a la tentación de explicar. Más allá de las advertencias del autor, el texto quiere ser también un libro para ser leído y no sólo una herramienta.

Otro libro interesante es El infrecuentable Michel Foucault, que recoge las ponencias presentadas por un grupo de notables intelectuales contemporáneos en un coloquio convocado en junio de 2000 por Didier Eribon. Son quince textos que logran producir una suerte de mosaico con el que se compone una imagen bastante definida de Foucault. Pero, al mismo tiempo, y por tratarse de autores que antes que "expertos" en Foucault son foucaultianos, evitan producir un "Foucault total". En este sentido, cada pequeño mosaico es aportado desde una asumida parcialidad que deja traslucir, también, la pretensión de aportar algunas líneas de continuidad respecto del trabajo de Foucault.

Quizá los artículos más destacables sean los de Didier Eribon y Paul Veyne. El primero traza un furioso mapa de la recepción de la obra de Foucault. Con énfasis de devoto partidario, recuerda los intentos de "expulsión" intelectual que en Francia se hicieron del pensamiento de Foucault y denuncia su actual prolongación en el ataque a los intelectuales comprometidos y críticos. En un tono mucho más sereno, Paul Veyne desarrolla los principales conceptos de Foucault y marca proximidades y distancias en relación con ellos. Completando el "mosaico Foucault", Denise Riley lo lee desde su militancia feminista y David Halperin, desde su lugar de referencia entre los intelectuales homosexuales; Philippe Artières se ocupa de la actualidad de las luchas en las prisiones; Pierre Lascoumes, del discurso del poder en el ámbito de la salud; Marcela Iacub de la relación entre biopolítica y biotecnología; Pierre Bourdieu y Jacques Bouveresse del conocimiento, la objetividad imposible y el compromiso de los intelectuales.

También se han publicado recientemente San Foucault, de David Halperin, Foucault y la fenomenología, de Cristina Micieli y Michel Foucault. Glosario epistemológico, de Sergio Albano.

En la entrevista que mencionamos al comienzo, Deleuze sostuvo que Foucault "era un conjunto de intensidades. A veces le irritaba ser así, provocar este efecto. Pero toda su obra se alimenta de ello. Lo visible en él son los centelleos, los reflejos, los relámpagos, los efectos luminosos". Foucault-acontecimiento. Veinte años después, igualmente intenso, decididamente vivo.

Gustavo Santiago

(Publicado en La Nación el Domingo 5 de setiembre de 2004)

FOUCAULT Y HABERMAS

Habermas/Foucault
Por Ives Cusset y Stéphane Haber (Dir.)
Nueva Visión


La filosofía siempre ha sido una disciplina "agónica" -del griego: ágon , lucha-, atravesada por la polémica, la discusión, la controversia. En ella abundan los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, como los de Diógenes y Platón, Sartre y Camus, Sarmiento y Alberdi.

Ahora bien, es un lugar común sostener que para que la contienda pueda tener lugar es necesario un suelo compartido. Y hay ocasiones en las que ese suelo parece no presentarse. Porque cuando las diferencias son tales que lo que está en cuestión no son las perspectivas sino los paradigmas o las "imágenes de pensamiento" no hay posibilidades de conflicto. En esos casos o se produce una impugnación completa o se transita por el camino de la indiferencia. Tal parecería ser la situación de Habermas y Foucault. Aun cuando ambos abordaron temas como el lenguaje, el poder, la modernidad, las posibilidades de una política posmarxista, la construcción de la subjetividad, entre tantos otros, las diferencias de enfoque son tan significativas que resulta casi inimaginable la posibilidad del diálogo o la discusión.

Foucault ataca por ingenua la idea de una situación de comunicación en la cual los juegos de verdad pudieran circular libremente y sin efectos coercitivos. Habermas le resulta excesivamente utópico y alejado irremediablemente de cualquier historicismo. Tampoco comparte la noción de modernidad que sostiene el filósofo alemán. Este, por su parte, especialmente en El discurso filosófico de la modernidad analiza críticamente los planteos de Foucault. Pero, más allá de estos cruces relativamente escasos, la actitud entre ambos parece haber sido más la de la indiferencia que la de la rivalidad.

Esto es lo que hace atractivo el trabajo coordinado por Ives Cusset y Stéphane Haber, Habermas / Foucault. Trayectorias cruzadas; confrontaciones críticas. En él, un grupo de especialistas -provenientes en su mayor parte del ala habermasiana- se abocan a la ingente tarea de hallar entre ambos filósofos un suelo común que a todas luces parece inexistente, y de reconstruir una polémica que nunca tuvo lugar.

Stéphane Haber realiza una minuciosa comparación entre la Historia de la locura de Foucault y la Historia y crítica de la opinión pública: la transformación estructural de la vida pública de Habermas que lo lleva a sostener que aun cuanto resulta imposible hacer de las diferencias teóricas entre ambos una cuestión de matices, "en el nivel de los supuestos filosóficos más fundamentales (...) existe algo más que un parecido de familia entre las dos obras".

Hervé Touboul, por su lado, centra su atención en el (pos) marxismo de Habermas y Foucault y, de un modo sumamente prolijo, rastrea la presencia de Marx en ambos filósofos.

Aun cuando los autores de los textos constatan lo que ya sospechábamos, que las distancias entre Foucault y Habermas son poco menos que infranqueables, el libro es muy rico por la fineza con la que se abordan los diversos temas y por la lectura muy ajustada que se hace de la postura de estos dos grandes protagonistas de la filosofía contemporánea.

Gustavo Santiago

(Publicada en adncultura, Sábado 15 de setiembre de 2007)

FOUCAULT La Hermenéutica del Sujeto

LA HERMENEUTICA DEL SUJETO
Por Michel Foucault-(Fdo. de Cultura Económica)


En la obra de Foucault encontramos tres tipos de textos: los libros que él mismo publicó (entre los que se destacan Las palabras y las cosas y Vigilar y castigar), las entrevistas y artículos breves (compilados en cuatro tomos en Dits et écris) y los cursos. Los primeros muestran lo más sólido de Foucault. Ahora bien, en un filósofo de sus características esto no es precisamente una virtud. No en vano el propio Foucault se encargó de renegar de casi todos ellos, al menos parcialmente. Es que, una vez que los textos se publicaban y alcanzaban una amplia circulación, el autor advertía que ya poco tenían que ver con sus intereses, perspectivas metodológicas y estilo de escritura. Aquello que en esos textos aparecía como acabado era el producto de una investigación que no se había detenido y que poco tiempo después lo conducía por itinerarios que los libros publicados anteriormente no permitían prever.

Es aquí donde el segundo grupo de textos adquiere relevancia. En ellos Foucault intenta, recurrentemente, dotar de coherencia a su trayecto intelectual. Sin embargo, estos textos también padecen, aunque en menor medida que los anteriores, aquello que pretenden remediar. Porque el hilo conductor que proponen varía de acuerdo con el momento en que fueron realizados. Así, en algunas entrevistas se sostiene que lo central está en las relaciones de poder, mientras que en otras se afirma que debe buscarse en la sexualidad o en el sujeto. Por otro lado, si bien estos textos breves presentan a un Foucault más ágil y dinámico que el de los libros, carecen del sustento argumentativo y empírico que aquellos exhiben.

Esto hace que no resulte demasiado arriesgado sostener que el mejor Foucault -o, al menos, el más foucaultiano- es el que se encuentra en el tercer grupo de textos, los cursos. Allí el filósofo-investigador fundamenta cada decisión teórica, pero lo hace con la cautela de quien se encuentra en pleno trabajo, suavizando algunas afirmaciones, enfatizando aquellas en las que se siente más seguro. Al mismo tiempo, al situarse en el rol docente, realiza un esfuerzo por atraer la atención del auditorio, por seducirlo, y lo hace empleando un lenguaje ameno, cordial, que se transfiere luego al lector del texto.

El curso dictado en el Collége de France en 1982, La hermenéutica del sujeto , publicado en francés en 2001 y recientemente aparecido en español, posee, además, algunas características que acrecientan su importancia. En primer término, por el lugar que ocupa dentro de la vida y la obra de Foucault -fue uno de sus últimos cursos, ya que murió en 1984-; en segundo, por los autores con los que trabaja y, finalmente, por la actualidad de los temas que aborda.

Foucault está por esos años tomando cierta distancia de temas a los que se había dedicado anteriormente, tales como las relaciones de poder y las prácticas de normalización, disciplina y biopoder. Ya no está tan interesado en la formas de sujeción, sino en las de autosubjetivación, es decir, en las prácticas mediante las cuales se llega a ser sujeto.

La primera sorpresa que presenta su investigación es que no busca a ese sujeto, como era de esperar, en la modernidad, sino que se remonta al pensamiento antiguo. La segunda, ligada a la anterior, es que el sujeto que Foucault descubre no es el sujeto autoconciente que se ha impuesto a partir de Descartes, sino el del "cuidado de sí".

El período de oro de las prácticas de subjetivación lo encuentra Foucault en los siglos I y II de nuestra era. Algunos de los temas en los que se detiene a lo largo del curso son la relación entre prácticas y discursos, y los ejercicios de autodominio. Acerca de la primera cuestión, muestra cómo en este período los discursos eran considerados como algo que hay que tener a mano para poder afrontar momentos difíciles; lo importante no era tener un conocimiento erudito o meramente intelectual, sino poder poner en práctica lo que ciertos textos decían cuando se los necesitara (se los compara con medicamentos, con la palabra de un amigo o con la "voz interior", ya que su función es aliviar los males del alma y ayudarnos a conducirnos mejor). Por ello se le concedía gran importancia a la memorización y a la escucha silenciosa.

En cuanto a los ejercicios de autodominio, se destacan: la meditación anticipatoria de los males, que consistía en imaginar la peor situación posible para eliminar el temor a todo acontecimiento desgraciado futuro; las prácticas de abstinencia, como la de servir una mesa suntuosa luego de soportar un largo ayuno, sentarse ante ella pero, en lugar de comer, invitar a otros a que lo hagan delante de uno; y el "ejercicio" de la propia muerte, consistente en vivir cada noche la posibilidad de la muerte representándola en todos sus detalles, de modo que el despertar del día siguiente resultara un nuevo nacimiento. Dentro del contexto de la obra de Foucault, La hermenéutica del sujeto es fundamental porque es en las prácticas de los filósofos antiguos que analiza donde encuentra una salida a las dificultades que su estudio de las formas de sujeción había planteado; especialmente, cierta impotencia y pasividad a la que el sujeto parecía estar condenado. En un sentido más amplio, la lectura que Foucault realiza de filósofos como Séneca, Marco Aurelio, Epicteto o Plutarco -lectura rigurosa pero original en cuanto a las relaciones que establece entre los diversos textos y a las consecuencias que de ellos deriva- permite recuperarlos como pensadores no sólo vigentes sino indispensables para enriquecer nuestro presente.

Finalmente, cabe advertir que el texto que aquí comentamos tiene muy poco que ver con la defectuosa versión del curso que, con el mismo nombre -y con cuatrocientas páginas menos que el original-, circula en español desde hace varios años.

Gustavo Santiago

(Publicado en La Nación el Domingo 26 de enero de 2003)

FOUCAULT 3 textos

Entrevistas con Michel Foucault
Por Roger-Pol Droit
(Trad. Rosa Rius y Pere Salvat)
Paidós
(128 p.)

Seguridad, territorio, población.
Por Michel Foucault.
(Trad. Horacio Pons)
Fondo de Cultura Económica
(488 p)

Marx y Foucault
Varios Autores
(Trad. Heber Cardoso y Elena Marengo)
Nueva Visión
(128 p.)


El 15 de Octubre de 2006 Michel Foucault hubiera cumplido ochenta años. No son pocos los filósofos que a esa edad continúan exhibiendo su vitalidad publicando textos, dictando cursos, concediendo entrevistas. Tal como lo hace Foucault, según lo indican tres textos aparecidos recientemente.

La vitalidad del hombre inquieto. Entrevistas con Michel Foucault, de Roger-Pol Droit, contiene tres entrevistas y un breve ensayo en el que el autor presenta una semblanza biográfico filosófica de Foucault. Las entrevistas fueron grabadas entre enero y junio de 1975 es decir, bajo la estela de la publicación de Vigilar y castigar. De ahí que en ellas, particularmente en la primera, haya continuas referencias al poder carcelario, a la disciplina, al cuerpo atravesado por las relaciones de poder. En la segunda entrevista, uno de los temas abordados es la distinción entre lo filosófico y lo no filosófico. Foucault justifica allí su distanciamiento de la filosofía tradicional, a la que opone el estudio de “objetos tan irrisorios como los informes policiales, las medidas de internamiento, los gritos de los locos” y, al mismo tiempo, la lectura de filósofos situados “en el borde exterior” de la filosofía, como Nietzsche, Bataille, Blanchot y Klossowski, en los que dice haber encontrado “alguna cosa que a un mismo tiempo partía de la filosofía, la ponía en juego y la cuestionaba, después salía de ella y volvía a entrar (...) Esas idas y venidas alrededor del muro de la filosofía hacían permeable –y finalmente irrisoria- la frontera entre lo filosófico y lo no filosófico”.
En la última de las entrevistas, Roger-Pol Droit intenta la empresa imposible de encasillar a Foucault. Se empeña en definirlo como filósofo, historiador, pensador de izquierda no marxista, escritor, adversario de Sartre. Sabe que a Foucault le molesta esa pretensión de apresarlo, pero insiste en ello. Foucault aprovecha cada pregunta para responder evasiva pero inteligentemente. En un momento aclara por qué lo hace: “Pienso que la identidad es uno de los primeros productos del poder, de ese tipo de poder que conocemos en nuestra sociedad. Creo mucho en la importancia constitutiva de las formas jurídico-político-policiales de nuestra sociedad”. La única definición que acepta es la de “artificiero”, fabricante de herramientas útiles, aunque no exentas de belleza. Al escribir, sostiene, “se trata de que lo dicho resulte absolutamente transparente, dotándolo de una especie de fulgor que provoque en el lector deseos de acariciar el texto y de utilizarlo, de repensarlo y de volver a él una y otra vez. Ésta es mi concepción moral del libro”.
Del texto introductorio se destacan los pasajes que muestran un Foucault inquieto, espontáneo, alegre, vital. Roger-Pol Droit lo recuerda llegando a la entrevista en bicicleta, esbelto, ágil, dando “una constante impresión de libertad”.

La vitalidad del investigador. Seguridad, territorio, población, es la trascripción del curso dictado por Foucault en el Collège de France en 1978. Se trata de un curso capital para comprender el desarrollo del pensamiento de Foucault en torno al poder.
El texto podría dividirse en cuatro tramos. En el primero de ellos, que abarca las tres primeras clases, se anuncia que el curso se centrará en el estudio del biopoder, es decir, en “el conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que en la especie humana constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una política, una estrategia política, una estrategia de poder”. Para ello, Foucault decide explorar los dispositivos de seguridad ligados a los espacios -en particular, a la ciudad-, a los acontecimientos aleatorios, y a la normalización. El segundo tramo –cuarta y quinta clases- es, sin dudas, el más importante para el curso. En él el camino sereno que se había delineado estalla. Hasta tal punto que Foucault confiesa que no conservaría ni siquiera el título del proyecto inicial. ¿Qué es lo que sucede en esas dos clases? Que Foucault se ve llevado a tratar el problema de la emergencia de la “población” en la consideración política y, así como considera que dicha irrupción transforma el arte de gobernar vigente hasta entonces, su conceptualización transforma el plan de trabajo trazado para el curso. Con la población aparece el nuevo gran tema la “gubernamentalidad”, término con el que alude, principalmente, al “conjunto constituido por las instituciones, los procedimientos, análisis y reflexiones, los cálculos y las tácticas que permiten ejercer esa forma bien específica, aunque muy compleja, de poder que tiene por blanco principal la población, por forma mayor de saber la economía política y por instrumento técnico esencial los dispositivos de seguridad”.
En la quinta clase, cuando todo hace prever que el tema alcanzará su punto culminante, Foucault comienza anunciando que se siente mal. Retoma, no obstante, los planteos de la clase anterior, pero los desarrolla brevemente y luego, tras disculparse diciendo “estoy verdaderamente molido”, decide interrumpir la clase.
El tercer tramo del curso –de la sexta a la novena clase- se inicia con una advertencia: “No tomen por moneda contante y sonante todo eso, esas reflexiones sobre la gubernamentalidad (...) No es un trabajo consumado y ni siquiera hecho, es un trabajo que se está haciendo, con todo lo que ello puede entrañar, desde luego, de imprecisiones, hipótesis y, en fin, pistas posibles, para ustedes, si quieren, y tal vez para mí”. En estas clases Foucault va a adentrarse en el arte de gobernar, con particular atención en el gobierno pastoral, temas que ya había abordado en el curso de 1975. Si bien aquí los resitúa y amplía, quizá lo que le está sucediendo a Foucault es que no termina de encontrar el camino para desplegar el potencial anunciado en las clases 4 y 5 y necesita tomarse un respiro para poder hallarlo.
Finalmente, tras un análisis del pastorado llega al tramo final del curso –de la clase 9 a la 13- en el que hace su aparición el Estado, tópico que siempre le generó conflictos. Contrario a una subordinación de todo análisis al supuesto “poder del Estado” –que implicaría, además, invalidar gran parte de sus trabajos anteriores-, lo que Foucault intenta, es aplicarle al Estado la misma perspectiva que puso en juego en el estudio de las prisiones, los hospicios, etc. La pregunta que reorienta su trabajo es: “¿Se puede hablar de una ‘gubernamentalidad’, que sería para el Estado lo que las técnicas de disciplina eran para el sistema penal, lo que la biopolítica era para las instituciones médicas?”.


La vitalidad de las ideas. Marx y Foucault es el título de una compilación de artículos que formó parte de un número especial de la revista Actuel Marx, en ocasión de los veinte años de la muerte de Foucault. En ellos prevalece, por encima de la referencia complaciente, el análisis, la confrontación, el esfuerzo por ir más allá del propio Foucault. No se reproduce a Foucault, se trabaja con él. En este sentido, el texto más destacado es el de Guillaume Le Blanc, quien aborda la relación entre afecciones sociales y construcción de la subjetividad. El autor distingue dos modos de concebir esa relación: aquel en el que se insiste en una afección exterior del poder sobre el sujeto (aquí ubica Le Blanc a Louis Althusser y al Foucault de Vigilar y castigar) y aquel en el que el acento se coloca en el sujeto y en su adhesión al sometimiento (perspectiva aportada por Judith Butler). Le Blanc se detiene en las posibilidades de resistencia que surgen de ambas posiciones y llega a la conclusión de que mientras que en Foucault lo máximo que puede producirse es la indignación, en Butler el sujeto puede avanzar hacia una afección más activa, “la rabia”, en la que “no se trata de liberar a los sujetos del poder, liberación imposible, como en Foucault, sino de (...) mediante un procedimiento de furia, romper con la melancolía y el tipo de autopunición que implica, reapropiándose de la agresión al servicio del propio deseo de vivir (...) La rabia de Butler prolonga la indignación de Foucault”.
En otros textos del volumen, Bob Jessop confronta a Foucault con Nikos Poulanzas e intenta mostrar que –más allá de la dureza de las críticas de Poulanzas a Foucault- hay toda una zona común en la que sus posiciones están muy cerca; Thomas Lemke, realiza un recorrido minucioso por la conceptualización foucaultiana de la política y el poder; Stéphane Legrand plantea posibles encuentros entre el pensamiento marxista y el foucaultiano.

Suele asociarse a la muerte con el silencio, la quietud, el olvido. Nada de eso parece haber afectado a Foucault. Sus ochenta años lo encontrarán publicando nuevos textos, dictando cursos, prestándose a polémicas. Vital, como siempre.

Gustavo Santiago