domingo, 11 de enero de 2009

Alain Finkielkraut Peter Sloterdijk: Los latidos del mundo

Auscultar la actualidad
Por Gustavo Santiago

Los latidos del mundo
Por Alain Finkielkraut y Peter Sloterdijk
Amorrortu


Alain Finkielkraut (París, 1949) y Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) tienen muchas cosas en común. La fundamental: ambos se dedican a la filosofía y la ejercen tanto en el ámbito académico como en el periodístico. Pero, además, los dos poseen una inagotable capacidad para despertar la irritación en sus colegas. Basta con recordar los ataques desde la izquierda francesa a Finkielkraut, a quien consideran uno de los principales "nuevos reaccionarios", o la enérgica réplica que en su momento lanzó Jürgen Habermas contra el artículo "Reglas para el parque humano", de Sloterdijk, donde acusó a su compatriota de emplear categorías propias del nazismo. Lejos de amedrentarlos, esos cuestionamientos parecen alimentar su reflexión y haber generado una suerte de espíritu solidario que los ha aproximado entre sí. Fruto de ese encuentro intelectual surgió Los latidos del mundo , un libro escrito conjuntamente en el que, como si se tratara de dos celebridades en medicina, se dedican a auscultar el mundo y a emitir un diagnóstico sobre su salud actual.
Los temas que surgen en la conversación son muy variados. Pero podríamos agruparlos en tres zonas, cada una con patologías específicas: el mundo intelectual, el mediático y el político.
En el mundo intelectual, los autores se concentran en tres malestares básicos. Uno de ellos es la generalización de lo "políticamente correcto". Su nocividad radica no sólo en que son pocos los intelectuales que se atreven a decir lo que piensan sino en que nadie cree en lo que dicen los demás. El segundo elemento negativo es el abuso que los ensayistas contemporáneos hacen del concepto del "Otro", al que frecuentemente interpretan de un modo peligrosamente ingenuo. Esos intelectuales olvidan -según Finkielkraut y Sloterdijk- que el Otro en algunos casos puede ser un enemigo y no simplemente alguien "desconocido, raro, diferente". Finalmente, no dejan de criticar al radicalismo de izquierda que, según ellos, ha promovido una "muy justa y muy dura" crítica contra la derecha intelectual, pero ha incurrido en una "autoamnistía".
Respecto del mundo mediático, los autores destacan dos grandes males: el escándalo y la "monetarización de la verdad". El predominio del escándalo en los medios es presentado como un retorno a los espectáculos típicos del Circo romano: "La sangre moral de las víctimas inocentes a las que se ofende tiene que correr para que el espectáculo pueda continuar". Todo vale con tal de conseguir un punto de rating. Junto a esto, denuncian una "monetarización de la verdad": "la opinión pública -sostienen- se ha transformado en una Bolsa. Publicar opiniones equivale hoy a negociar acciones, acciones de opinión. La publicación de una hipótesis que escandaliza es el equivalente publicitario del lanzamiento de una nueva acción en la bolsa."
Finalmente, la auscultación del mundo se detiene en los latidos políticos. Aquí las dolencias son muy numerosas. Quizá la más alarmante sea el retorno recurrente de la violencia tras períodos sumamente breves de paz. Los filósofos denuncian que "en la actualidad no hay prácticamente nadie, entre los teóricos o los políticos, que defienda un pacifismo a la altura de nuestras intuiciones teóricas más avanzadas. No se trata del pacifismo afectuoso de moda (...), sino de un pacifismo de las profundidades". Contra esa posibilidad de pacificación atentan la "sensación de humillación" experimentada por los palestinos tanto como el nuevo antisemitismo que, según los autores, surge contra la conciencia de un Estado de Israel fuerte. También Estados Unidos ha aportado su cuota de malestar, particularmente con el rol de "supervíctima" que ha jugado desde el 11 de septiembre de 2001, que lo llevó a perder su capacidad de neutralidad. "Hasta ese día funesto, Estados Unidos era como una instancia de apelación para los hombres enredados en la Historia. Si las cosas se ponían verdaderamente mal, quedaba ese recurso: todos éramos potenciales norteamericanos."
Pero en el diálogo no sólo se señalan los malestares, también se sugieren algunas prácticas terapéuticas. Acerca de los medios de comunicación, los autores proponen la realización de un análisis a fondo de su papel en la construcción del espacio público "para que la democracia no sea un concepto vacío". En cuanto al ámbito intelectual lo que sostienen es la necesidad de defender un "pacifismo académico" que pueda funcionar como refugio de la verdad, y que se encuentre descontaminado y libre de violencia. Finalmente, para los malestares políticos una de las propuestas es que los europeos intenten ser "más norteamericanos que los propios norteamericanos". Esto significaría recuperar "la posición del observador que invoca el privilegio de la neutralidad" y, al mismo tiempo, contribuir a expandir el espíritu norteamericano de "democratización del lujo y de la ilusión" que según Finkielkraut y Sloterdijk, "es la gran idea de nuestra época y representa, al mismo tiempo, la más hermosa continuidad del espíritu progresista de los europeos".

(Publicado en ADNcultura, La Nación, el 10/01/09)

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