miércoles, 15 de julio de 2009

El anhelo original

Estaba hastiada/o, seco/a, virtualmente vacía/o.
Ello, La Potencia Mayor, El Hacedor de Abismos, que supo ser doncella, rufián, granito, vapor, ímpetu, venganza, había cedido finalmente a la modorra (¡También los dioses se amodorran!).
Conocía perfectamente –no podía no conocerlo- su mal: la escasa imaginación de los hombres. Siglo tras siglo demandando lo mismo, invariablemente: poder, riqueza, goce.
Por eso decidió hacer un alto, tomarse un tiempo. “Se agotó el stock, carajo”, bromeó consigo misma/o.
Pero no había un día en el que no suspirara pensando: “Si tan sólo uno se atreviera a un anhelo original...”.
Al intuir la proximidad del acontecimiento, tuvo que contenerse para no anticipar los hechos. Aun sabiendo que el error no era uno de sus atributos, quiso entregarse a la tensión de la espera, como si necesitara de alguna certeza que constatara lo innegable: que el anhelo original realmente estaba cobrando forma en un ser singular.
Cuando el deseo estuvo maduro, cuando sólo faltaba que el pensamiento de Gutierrez (¡el anhelador original!) cobrara palabras, se preparó para el ejercicio de la omnipotencia.
Pudo esperar el pedido y concederlo desde su etérea ubicuidad. Un milagro secreto arropado de azar. Pero no quiso privarse del placer de estar ahí. Quería ver pero, sobre todo, oler al osado peticionante.
Descartó de antemano toda entrada estrepitosa: imposible evitar que pareciera un mero efecto cinematográfico.
Optó, entonces, por lo clásico. Figura semihumana; piloto gastado que apenas dejara asomar el rabo en punta; leves prominencias en los parietales; cejas pobladas; barbita triangular. Sólo prescindió del olor a azufre, para no contaminar el hedor de aquel que estaba por pedirle lo que nadie antes había podido imaginar: que lo convirtiera en infinitos tachos de basura.

1 comentario:

  1. Gutiérrez era un tipo al que algunos podrían haber calificado de hijo de puta, degenerado o sucio, por nombrar nomás algunos adjetivos. Tenía una característica, un hábito que lo diferenciaba de los demás, y que no era fácilmente digerible por su entorno social. A Gutiérrez le gustaba comer perros. De entre todas las carnes, pudiendo elegir como favorita la de vaca, cerdo, pollo, pescado, cordero, jabalí, ciervo, nutria, perdiz, o cualquier otra que vendieran en las carnicerías, él prefería la de perro. Desconozco la causa por la que en algún momento Gutiérrez probó la carne de perro. En verdad, esa causa carece en absoluto de importancia, porque no modifica el hecho de que para él no había nadie a quién pudiera confiarle su hábito sin que lo condenara. Comía perros viejos, mestizos, de raza, con pedigrí, raquíticos, gordos, enfermos, cachorros, de la calle, perdidos, hasta iba a centros de adopción caninos a adoptar perros para comérselos. A veces los acompañaba con cebolla, ajo, aceite de oliva, berenjenas y tomates secos remojados en vino tinto, a veces sólo con arroz, o papas al horno, y alguna que otra vez a la parrilla perfumados con algún leño que consiguiera por ahí. Pero esa vida era muy dura para Gutiérrez. Vivir con ese secreto, con el constante riesgo de la condena, del castigo de una sociedad donde comer perros no estaba bien visto, no lo dejaba dormir tranquilo. Un día, en el supermercado, Gutiérrez vió un hombre a quien le sobresalía una cola roja con punta de flecha por debajo de su sobretodo. Se acercó, lo miró de frente, y vió que de entre sus rizos oscuros sobresalían dos pequeños cuernos rojos. Gutiérrez respiró aliviado. Le contó al diablo de su costumbre alimentaria, y le propuso un trato: entregarle su alma a cambio de que el diablo lo transformara en infinitos tachos de basura. El diablo aceptó. Hoy, cada vez que un perro se acerca a husmear un tacho, Gutiérrez sonríe entre la podredumbre.

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