domingo, 23 de mayo de 2010

Paul Virilio: El accidente original

El color oscuro del porvenir (Publicada en ADNcultura de La Nación el 22/05/10)

Pocos filósofos han logrado redefinir las categorías clásicas de la filosofía para aplicarlas al mundo actual con la originalidad de Paul Virilio (París, 1932). Su anclaje en el mundo de la arquitectura (fue director de la Escuela de Arquitectura de París durante tres décadas) le proporcionó un terreno concreto sobre el que aplicar su pensamiento. Una de sus inquietudes más persistentes ha sido la de pensar cómo vivir mejor en el ámbito de las grandes urbes o, al menos, como evitar perecer del peor modo.
En El accidente original hace un análisis de la producción de accidentes en los siglos XIX y XX, y sugiere una serie de estrategias para posicionarse ante las amenazas de los probables accidentes venideros.
Pensado en los términos de Aristóteles, el accidente es lo contingente, aquello que puede variar sin que se altere la sustancia. En nuestro tiempo, en cambio, la aceleración propia de la mundialización “globalitaria” ha hecho que lo habitable sea el accidente mientras que la sustancia se ha tornado contingente. Virilio distingue tres tipos de accidente. Por un lado, el accidente “local”, aquel en el que se puede definir espacialmente su lugar de surgimiento y el alcance de sus efectos. En segundo lugar, el accidente “global”, aquel que no se sabe con precisión dónde se originó ni hasta dónde llegarán sus consecuencias. Finalmente, el accidente “integral”, que concierne “no sólo al conjunto del espacio geofísico, sino sobre todo a períodos de tiempos multiseculares, por no hablar de la dimensión sui generis de un Hiroshima celular”. Es este accidente el que amenaza con convertirse en nuestro único hábitat en un futuro cercano.
¿Cuál es la causa de esta escalada de potencia del accidente, que puede llevarnos a un nivel de desintegración insospechado unos siglos atrás? Por tratarse de un accidente “artificial”, es claro que el origen debe encontrarse en un producto del hombre mismo. Y ese producto no es otro que la tecnociencia: “La ciencia se ha convertido en el arsenal de los accidentes mayores, en la gran fábrica de catástrofes”. El planteo de Virilio es simple: cada nueva producción científica es, al mismo tiempo, la invención de un nuevo accidente específico. No como algo “colateral”, sino como un componente propio que revela esa nueva sustancia. Habitualmente experimentamos dificultades para adaptarnos, como usuarios, a un nuevo producto. En cierto modo, la técnica se adelanta a los usuarios. Lo novedoso del planteo de Virilio es que, de una forma semejante, la técnica “se adelanta a la mentalidad de sus realizadores”. Los científicos y tecnólogos no ven –no se detienen a ver- los accidentes de los que son portadores sus novedosas creaciones. Comparando el desarrollo de la ciencia con la presión por batir récordes de los deportistas, el filósofo sostiene que “es como si en el siglo pasado la promoción del progreso tecnocientífico hubiera dopado a la ciencia” produciendo en ella un efecto de autodestrucción análogo al que tiene lugar en el cuerpo del deportista hipermedicalizado.
En esta grave situación, a la falta de conciencia de los científicos, se suma el papel que juegan los medios de comunicación que, según el autor, se regodean en la exhibición de accidentes, catástrofes y atentados –sin establecer diferencias conceptuales entre ellos-, multiplicando sus efectos aterradores pero, al mismo tiempo, obstaculizando la reflexión seria acerca de sus causas y de las posibilidades de su prevención a futuro. La “sincronización de las emociones colectivas” y la “administración del miedo público” son instrumentos letales, que favorecen la manipulación masiva, en detrimento de las posibilidades de acción política eficaces. Lo que Virilio propone es “tomar el accidente en serio, pero de ningún modo a lo trágico, pues esto implicaría caer en el nihilismo y pasar, sin transición, de la euforia de la sociedad de consumo a la neurastenia de esa sociedad del desamparo”. Tomarlo en serio sería trabajar en favor de una inteligencia preventiva, que tuviera en cuenta los accidentes implícitos en cada innovación. También sería fundamental abrir un espacio para un movimiento “escatológico” que, desde una perspectiva de profundo respeto por la finitud del horizonte humano, pudiera “hacer frente a lo imprevisible, a esa Medusa de un progreso técnico que extermina literalmente al mundo entero”.
Virilio ha sido tildado en innumerables ocasiones como pesimista. En verdad, sus posturas difícilmente puedan ser consideradas alentadoras, aunque Virilio expresamente sostenga que esa es su pretensión última. Pero, el hecho de que el futuro de la humanidad sea pintado en tonos tan oscuros, ¿es exclusiva responsabilidad del filósofo o de la propia humanidad, que no parece tomar conciencia del objetivo hacia el que orienta sus pasos?

Gustavo Santiago

3 comentarios:

  1. permiso. cito el diccionario del diablo, que venia leyendo y creo viene a tono con esto....

    "inhumanidad: una de las virtudes características y señeras de la humanidad"

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  2. Pase, nomás, la puerta quedó abierta...
    Me hiciste acordar de una enciclopedia que en el item "animales peligrosos" hacía un podio, tipo top five, y para ver el número 1 había que abrir una ventanita y adentro estaba, por supuesto, el hombre.

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  3. y esto viene al caso de los viajes en hora pico,recien esperando el bondi para calmar el fastidio decidi listar mentalmente las 10 cosas que mas me fastidian de la gente... y me quede en una sola... la gente, justamente

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