miércoles, 4 de agosto de 2010

Jacques Rancière: La noche de los proletarios y El espectador emancipado

Publicada en ADNcultura el 31 de Julio

Jacques Rancière, (Argelia, 1940) es uno de los principales filósofos políticos contemporáneos. En las últimas semanas dos de sus textos han sido editados en español: La noche de los proletarios y El espectador emancipado.
En La noche de los proletarios, Rancière introduce al lector en la vida cotidiana de un grupo de proletarios que, alrededor de 1830, pretenden encontrar o construir, de diversos modos, los caminos de su liberación. Apoyándose en cartas y documentos de la época, el filósofo pone en escena una variada galería de personajes que contrasta con la versión más habitual que suele presentar a los trabajadores como seres toscos, faltos de conciencia, meros componentes de una masa necesitada del esclarecimiento y la conducción que sólo pueden proporcionarles los intelectuales. Los protagonistas del texto de Rancière son hombres y mujeres que independientemente de la tarea que realicen durante el día, colocan el corazón de su jornada en la noche. En ella no buscan el descanso reparador que les permita estar en condiciones para el trabajo del día siguiente. Por el contrario, las noches de estos proletarios son el momento del fervor, de la discusión, del intercambio de ideas, de los proyectos. En ellas se gestan periódicos, panfletos, huelgas; en ellas circula el alimento de la lectura clandestina, de la palabra prohibida. Se trata, ante todo, de un espacio en el que el obrero se sabe potente, creativo, libre; en el que puede pensarse a sí mismo como algo más que un ser meramente explotado. La noche es el momento de los sueños –individuales y colectivos- a construir.
Un gran acierto del texto es el estilo narrativo elegido por su autor. Como si se tratara de un documental cinematográfico en el que se acompaña cámara en mano a los protagonistas, filósofo invita a presenciar los itinerarios de estos personajes singulares que no sólo tienen que hacer frente a su situación social y económica, sino que se encuentran atravesados por conflictos internos, incertidumbres, temores. La proximidad con los protagonistas permite apreciar la complejidad de sus luchas, así como los diferentes matices que la perspectiva de cada uno de ellos les añade. La imagen de la emancipación que construye una costurera no es idéntica a la de un sastre o un tipógrafo.
Quizá los pasajes del texto en los que la importancia de la “noche” como lugar de los sueños de emancipación se encuentra mejor expresada sean aquellos que se refieren a la prisión y al trabajo infantil. Ante la construcción de una enorme y moderna prisión –que seguramente pasará a ser ocupada prontamente por los militantes que desafíen el orden- lo que despierta horror es su perfección panóptica: “la puesta sin remedio del detenido a disposición del ojo del carcelero, la anticipación permanente de esa mirada que no es vista, la ausencia de noche”. Las prisiones modernas son lugares “sin intersticios por donde la libertad o simplemente su sueño pueda pasar”. En lo que al trabajo infantil respecta, la perversidad estriba en que “esos fabricantes no se contentan con explotar las débiles fuerzas de los niños sino que además procuran matar en ellos todo sentimiento de otro mundo”.
Escrito casi treinta años después que La noche de los proletarios (cuya edición francesa es de 1981), El espectador emancipado retoma alguna de las cuestiones planteadas allí, pero tomando como objeto de análisis la relación entre filosofía, política y arte. No se trata ahora de aproximarse al trabajador textil al que se le niega la potencia del pensamiento, sino al espectador, al que se considera un mero ente pasivo. En el artículo que da nombre al libro, Rancière expresa su desconfianza ante toda postura que acentúe la distancia entre quien ocupa un lugar activo y quien está condenado a la pasividad. Su propuesta no es dotar artificiosamente de actividad al espectador. De lo que se trata es de advertir que el espectador es, en sí mismo, activo. En este caso, la emancipación consistirá en “el borramiento de la frontera entre aquellos que actúan y aquellos que miran, entre individuos y miembros de un cuerpo colectivo”. En otro de los artículos, “La imagen intolerable”, el autor plantea la necesidad de tomar las imágenes como parte de un dispositivo que instala un cierto sentido común, un ámbito de visibilidad. La potencia política de una imagen –así como la de un acontecimiento político- se encuentra en su posibilidad de “diseñar configuraciones nuevas de lo visible, de lo decible y de lo pensable”.
Aun sin contar con la belleza literaria de La noche de los proletarios, El espectador emancipado resulta un texto muy recomendable para pensar en nuevas formas de sometimiento y liberación.

Gustavo Santiago

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