sábado, 5 de marzo de 2011

Michel Foucault: El coraje de la verdad

(Publicado en ADNcultura, de La Nación, el viernes 4 de marzo de 2011)

El coraje de la verdad es la transcripción del curso impartido por Michel Foucault en el Collège de France entre febrero y marzo de 1984. Se trata de un texto fundamental no sólo por tratarse del último curso que diera el filósofo antes de morir, sino porque en él se completa el viaje a la Antigüedad que el filósofo iniciara a principios de los años 80.
En ese recorrido, un concepto fue creciendo en importancia hasta tornarse central: la parrhesía. Las razones de ello las brinda el propio Foucault en la primera clase: “Me parece que al examinar la noción de parrhesía puede verse el entrelazamiento del análisis de los modos de veridicción, el estudio de las técnicas de gubernamentalidad y el señalamiento de las formas de práctica de sí”. Precisamente la verdad, las relaciones de poder, y la construcción de la subjetividad son las tres cuestiones que de modo más persistente inquietaron a Foucault.
Una primera traducción del término parrhesía podría ser: “el decir veraz” o “el hablar franco”. El “parrhesiasta” es alguien que dice lo que realmente piensa –está comprometido con la verdad- y lo dice con crudeza, sin ampararse en delicadezas de estilo ni en artilugios retóricos. Le lanza la verdad a otro poniéndose en riesgo al hacerlo. De ahí el título del curso: “El coraje de la verdad”.
En las primeras clases Foucault explora el hacer parrhesiástico de Sócrates, que aparece íntimamente ligado al “cuidado de sí”. Es evidente que el decir socrático implicaba un riesgo: sus palabras acabaron conduciéndolo a la muerte. ¿Cuál era la verdad con la que Sócrates irritaba a sus conciudadanos? Ante todo, que no debían olvidarse de ocuparse de sí mismos. Para Sócrates, la preocupación por la verdad no puede separarse de la preocupación por la vida. Estar a salvo del error, de las opiniones vulgares, habitar en la verdad es, para Sócrates el único modo de alcanzar una buena vida. Y ante esa vida, la muerte no tiene ningún poder. De ahí que Sócrates no tuviera temor de morir. Foucault recuerda las últimas palabras de Sócrates: “Critón, debemos un gallo a Asclepio. Paga la deuda, no lo olvides”. Siguiendo un texto de Georges Dumezil, Foucault se pregunta de qué habrían sanado Sócrates y Critón como para tener que agradecerle a Asclepio, el dios de la curación. Tras un extenso análisis, llega a la conclusión de que aquello de lo que Asclepio los ha curado es de las opiniones corruptas que enferman al alma. Sócrates, aquel que muere por haber afrontado el riesgo de decir la verdad crudamente, aquel que ha abogado por una ciudad mejor, conformada por ciudadanos capaces de ocuparse de sí mismos, le agradece a Asclepio el haberlo librado de las malas opiniones.
Hacia la mitad del curso, en la quinta clase, irrumpen los filósofos cínicos. Si bien el fundador de los cínicos fue Antístenes –uno de los discípulos de Sócrates que estuvieron con él en el momento de su muerte-, su figura más reconocida es Diógenes, el perro. Este apodo está ligado al nombre de la corriente (“cínico” proviene del griego “Kynicós”, que significa “perruno”) pero también al comportamiento del propio filósofo que despreciaba las “buenas costumbres” establecidas por la convención. La consigna por excelencia de los cínicos era “altera el valor de la moneda”: “se trata de sustituir las formas y los hábitos que marcan de ordinario la existencia y le dan su rostro por la efigie de los principios tradicionalmente admitidos por la filosofía”. Es que la vida que los hombres llevan habitualmente, la vida según las costumbres establecidas, es “moneda falsa”, que debe ser acuñada nuevamente según los dictados de la naturaleza que se manifiestan en la “vida verdadera”. Los cínicos no se conforman con decir la verdad; ellos viven la verdad. Su filosofía se expone en la medida en que ellos mismos se exponen. Y al exponerse operan como espejos en los cuales pueden escudriñarse los demás. Claro que se trata de espejos que, al modo de las caricaturas, se encargan de presentar de un modo distorsionado aquello que quieren hacer evidente. Foucault habla de una paradoja cínica, consistente en una “escandalosa banalidad”. Porque, por un lado, el cinismo recoge elementos que ya estaban presentes en otras corrientes, como la estoica o la epicúrea. Pero, al mismo tiempo, al presentarlos genera con ellos un escándalo que provoca efectos similares, aunque amplificados, a los del tábano socrático que se jactaba de mantener despierta a Atenas. “El coraje cínico de la verdad –sostiene Foucault- consiste en lograr que los individuos condenen, rechacen, menosprecien, insulten la manifestación misma de lo que admiten o pretenden admitir en el plano de los principios”. No se trata de proponer a los hombres que busquen refugio en otro mundo o en otra vida, sino de que sean capaces de construir una vida y un mundo diferentes.


¿Un testamento filosófico?

Foucault murió el 25 de junio de 1984, cuando no se habían cumplido aún tres meses desde su última clase en el Collège de France. ¿Será posible considerar al curso titulado “El coraje de la verdad” como una suerte de testamento filosófico de Foucault? Para ello, deberían cumplirse dos condiciones. La primera, que el propio Foucault supiera o al menos intuyera que le quedaba poco tiempo de vida; la segunda, que –deliberadamente o no- hubiera incluido en el curso algún tipo de mensaje dirigido a quienes pudieran ser sus herederos intelectuales.
En relación con el primer punto, hay suficientes indicios como para arriesgar la hipótesis de que Foucault estaba al tanto del mal que padecía y que sospechaba –más allá de algunas ligeras esperanzas fundadas en mejorías transitorias- que ese podía ser su último curso. Veamos algunas de esas señales recogidas por biógrafos y amigos del filósofo como Didier Eribon, Daniel Defert o Frédéric Gros, que, con los hechos consumados, parecen innegables. A principios de 1984 le manifiesta a Pierre Bourdieu: “una cosa está clara, no volveré a iniciar mis clases el año próximo”. Por supuesto que esto no implica necesariamente que pensara en la muerte; quizá simplemente estaba planeando renunciar a su puesto en el Collège. Tras el fuerte malestar que lo aqueja a principios de año, y que lo obliga a retrasar un mes el inicio del curso, le escribe a su amigo Maurice Pinguet: “Creí que tenía sida, pero un enérgico tratamiento volvió a ponerme en pie”. También a Georges Dumezil le había comentado, telefónicamente: “Mucho me temo que he contraído el sida”.
En cuanto al segundo punto, resulta tentador detectar en algunos pasajes del curso un intento de grabar en el auditorio un mensaje final. En el apartado “Situación del curso”, que acompaña la transcripción de las clases, Frédéric Gros pone el acento en dos de las tesis presentadas con énfasis por Foucault, al referirse a la muerte de Sócrates. Parafraseando a Foucault, transforma en autorreferencial un comentario originalmente destinado a Sócrates: “lo que me da miedo no es la muerte, sino la interrupción de mi tarea; de todas las enfermedades, la que es únicamente mortal es la enfermedad de los discursos (las falsas claridades y las evidencias engañosas), y la filosofía me ha curado de ella hasta el fin”.
En la página http://michel-foucault-archives.org se puede acceder al audio completo del curso de 1984. Hay dos momentos que, en relación con el tópico que estamos tratando resultan impactantes. El primero, corresponde al comienzo de la primera clase. Foucault dice: “He estado enfermo, realmente enfermo. Circularon rumores de que alteré las fechas para librarme de una parte de mi auditorio. No, no, estaba realmente enfermo”. Lo que sorprende, al escuchar la grabación, es la estruendosa, vital, risotada con la que completa Foucault este anuncio. El segundo momento, corresponde a las últimas palabras de la última clase, del 28 de marzo. Como harto ya de luchar contra una molesta tos que ha quebrado su voz gastada, seca, durante toda la clase, cierra el curso diciendo: “Es demasiado tarde. Gracias”. Estas palabras están consignadas en el texto. Lo que el audio agrega es el cerrado aplauso con el que el auditorio despidió al filósofo.

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