domingo, 25 de diciembre de 2011

Alejandro Rússovich: Palabras encontradas

Publicado en adncultura el Viernes 23 de diciembre de 2011
La posibilidad de filosofar
Se publican los escritos del filósofo Alejandro Rússovich, amigo de Witold Gombrowicz en Buenos Aires y figura secreta de la vida intelectual argentina
Por Gustavo Santiago 

Alejandro Rússovich pertenece al selecto grupo de entrañables personajes que han sido testigos a la vez que protagonistas del devenir cultural argentino del último siglo. Desde su participación, a mediados de la década del 40, en las tertulias del mítico café Rex en compañía de quien por entonces era su más íntimo amigo, el escritor polaco Witold Gombrowicz, hasta sus actuales intervenciones en el Seminario de los Jueves de Tomás Abraham, ha transcurrido toda una vida dedicada al pensamiento. Curiosamente, más allá de las actas de los congresos en los que participó tanto en la Argentina como en el exterior y de algunos pocos artículos publicados en revistas especializadas o en volúmenes colectivos, era escaso el registro de sus producciones. De subsanar esa falencia se encarga Palabras encontradas , libro-homenaje, editado sin fines comerciales por Rosa María Brenca, compañera de toda la vida de Rússovich, y Kikí Elorza, colega y amiga de la pareja.

Los textos correspondientes a los años cincuenta anticipan algunos de los temas que Rússovich va a desarrollar en los siguientes sesenta años de producción: la literatura, la relación entre razón y libertad. Los años sesenta y setenta marcan un retorno filosófico a su amistad con Gombrowicz. La muerte del escritor polaco, ocurrida en 1969, es el acontecimiento que lo lleva a repasar esa profunda amistad que compartieron entre 1946 y 1963, año del regreso del escritor a Europa. Rússovich tenía veinte años cuando conoció a Gombrowicz. El impacto que le produjo fue tan inmediato como duradero: "Acababa de encontrar a alguien único, incomparable, inclasificable. Estaba fascinado", recuerda. Desde aquel primer encuentro, el vínculo entre el joven aprendiz de filósofo y el escritor que lo doblaba en edad no hizo más que intensificarse. A tal punto que decidieron mudarse a cuartos contiguos en una pensión de la calle Venezuela para estar plenamente disponibles para los intercambios literarios y culturales. Son los tiempos de las tertulias en el café Rex; de la traducción conjunta de El casamiento ; de interminables horas de lectura compartida. Tal como la recuerda Rússovich, la relación entre ambos debe de haber sido tan estrecha que estuvo a punto de volverse asfixiante. Que la personalidad de Gombrowicz era absorbente lo prueba el hecho de que cuando Rússovich se casa con Rosa María, en 1953, la amistad se ve lesionada: "Aunque mi amistad con Gombrowicz seguía siendo agradable, existían silencios entre nosotros [...] imposible de llenarlos".

Los textos de los años ochenta y noventa se componen de clases y conferencias. En ellos se percibe el sólido manejo de los filósofos centrales de la tradición, como Platón, Kant y Hegel, pero, al mismo tiempo, el interés por deslizarse hacia zonas más arriesgadas a partir de relaciones imprevisibles. Así, por ejemplo, en una conferencia brindada en la Asociación Internacional de Semiótica en Berkeley, California, se atreve a presentar a Charles Peirce como un intérprete de Kant. Entre los últimos trabajos se destacan "Montaigne y la filosofía como ficción" (2001) y "Spinoza con Deleuze" (2003), que el autor expuso en el Seminario de los Jueves de Tomás Abraham.

Algo que Rússovich no abandonó a lo largo de más de sesenta años de labor filosófica es la interpelación a la filosofía desde la propia vida. Su erudición no apabulla. Porque, al margen de las respuestas que pueda brindar su conocimiento de la tradición, se encarga de involucrar a su oyente o su lector en los nudos problemáticos de cada una de las cuestiones que aborda. Leer sus textos es siempre acceder a una posibilidad de filosofar.

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