domingo, 25 de diciembre de 2011

Diógenes, Metrocles, Hiparquía


DIÓGENES

Era vehemente en recargar a los demás; y a la escuela de Euclides la llamaba biliosa: a la enseñanza de Platón le daba el nombre de “tiempo perdido”; a los juegos bacanales grandes maravillas para los necios; a los gobernadores del pueblo ministros de la plebe.
Una vez, comiendo higos secos, se le puso delante Platón, y Diógenes le dijo: «Puedes participar de ellos»; y como Platón tomase y comiese, le dijo: «Participar os dije, no comer».
Pisando una vez las alfombras de Platón en presencia de Dionisio, dijo: «Piso la superfluidad de Platón»; mas éste le respondió: «¡Cuánto vanidad manifiestas, oh Diógenes, queriendo no parecer vanidoso!» Otros escriben que Diógenes dijo: «Piso el orgullo de Platón», y que éste respondió: «Pero con otro orgullo, oh Diógenes».
Decía que «los hombres compiten acerca del cavar y del dar patadas, pero ninguno acerca de ser honestos y buenos». Admirábase de los gramáticos que «escudriñan los trabajos de Ulises e ignoran los propios». También de los músicos que «afinan las cuerdas de su lira pero tienen desafinadas las costumbres del alma». De los matemáticos, se extrañaba de que estudiaran al sol y a la luna pero descuidaran las cosas cotidianas. De los oradores, «porque procuran decir lo justo, mas no procuran hacerlo». De los avaros, «porque vituperan de palabra el dinero y lo aman sobre manera». Reprendía a «los que alaban a los justos porque desprecian el dinero, pero imitan a los adinerados». Se conmovía «de que se ofreciesen sacrificios a los dioses por la salud, y en los sacrificios mismos hubiese banquetes, que le son contrarios». Admirábase de los esclavos «que viendo la voracidad de sus amos nada hurtaban de la comida». Loaba mucho «a los que pueden casarse y no se casan; a los que les importa navegar y no navegan; a los que pueden gobernar la república y lo huyen; a los que pueden seducir a los jóvenes y se abstienen de ello; a los que tienen oportunidad y disposición para vivir con los poderosos y no se acercan a ellos» . Decía que «debemos alargar las manos a los amigos con los dedos extendidos, no doblados».
Habiéndolo uno llevado a su magnífica y adornada casa y prohibídole escupiese en ella, después de aclararse la garganta le escupió en la cara diciendo que «no había hallado lugar más inmundo».
También cuentan haber dicho Alejandro que «si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes».
Llamábase perro a sí mismo; pero decía que «lo era de los famosos y alabados, no obstante que ninguno de los que lo alababan saldría con él de caza».
En otra ocasión, queriendo unos forasteros ver a Demóstenes, extendiendo el dedo de en medio dijo: «Éste es el conductor del pueblo ateniense».
Decía que «imitaba a los maestros de coro, los cuales se salen a veces del tono para que los demás tomen el correspondiente».
Decía que «muchos distan sólo un dedo de enloquecer, pues quien lleva el dedo de en medio extendido, parece loco; pero que no si extiende el índice. Que las cosas mejores se venden por muy poco precio, y al contrario; pues una estatua se vende por tres mil dracmas, y un cuartillo de harina no más que por dos dineros».
Estando tomando el sol en el Cranión, se le acercó Alejandro y le dijo: «Pídeme lo que quieras»; a lo que respondió él: «Pues no me hagas sombra».
Habiendo Platón definido al hombre como animal de dos pies sin plumas, y generando aplausos esta definición, tomó Diógenes un gallo, le quitó las plumas y lo introdujo en la escuela de Platón, diciendo: «Éste es el hombre de Platón». Y así se añadió a la definición, con uñas anchas.
Se paseaba de día con una lámpara encendida, diciendo: «Busco un hombre».
Una vez se quedó de pie bajo un chorro de agua; y como muchos se compadeciesen, Platón, que también estaba presente, dijo: «Si queréis compadeceros de él, alejaos», con lo cual quiso significar su gran deseo de gloria.
Una vez, masturbándose en medio del ágora, comentó: «¡Ojalá fuera posible frotarse también el vientre para no tener hambre!».
Estando en una cena, hubo algunos que le echaron los huesos como a un perro, y él, acercándose a los tales, les meó encima como hacen los perros.
Pedía limosna a una estatua; y preguntado por qué lo hacía, respondió: «Me acostumbro a ser rechazado».Al amor del dinero lo llamaba «la ciudad de todos los males».
Disputando Platón acerca de las Ideas, y usando las voces “mesidad” y “vasidad”, dijo: «Yo, oh Platón, veo la mesa y el vaso; pero no la mesidad ni la vasidad». A esto respondió Platón: «Dices bien; pues tienes ojos con que se ven el vaso y la mesa, pero no tienes mente con que se entiende la mesidad y la vasidad».
Preguntado Platón qué le parecía Diógenes, respondió: «Un Sócrates enloquecido».
Al reprocharle una vez que comía en el ágora, respondió: «En el ágora me agarró el hambre».
Pedía algo a un hombre de mal carácter, y como éste le dijese: «Si logras convencerme», le respondió: «Si yo pudiera convencerte de algo, te convencería de que te ahorcaras».

Viniendo una vez a él Alejandro y diciéndole: «Yo soy Alejandro, el gran rey», le respondió: «Y yo Diógenes el perro». Preguntado qué hacía para que lo llamasen perro, respondió: «Halago a los que dan, ladro a los que no dan, y a los malos los muerdo».
Preguntado qué había ganado de la filosofía, respondió: «Si no otra cosa, al menos el estar equipado contra cualquier azar». Preguntándole de dónde era, respondió: «Ciudadano del mundo».
A uno que le reprochaba que entrase en lugares inmundos, le respondió: «También el sol entra en los retretes, pero no se ensucia».
A uno que le decía: «filosofas sin ningún conocimiento», le respondió: «Aunque tan sólo pretenda la sabiduría, esto también es filosofar».
A uno que decía:”Soy inepto para la filosofía”, le dijo: «Pues ¿por qué vives si no piensas en vivir bien?».
Decía que «los esclavos sirven a sus amos, y los hombres malos a sus deseos».
Decía que los amantes son desdichados por placer.
Preguntado si la muerte es mala, respondió: «¿Cómo va a ser un mal, si cuando está presente no la sentimos?».
Habiendo Alejandro venido repentinamente a su presencia y díchole: «¿No me temes?», le preguntó si era bueno o malo; diciendo aquél que bueno, respondió Diógenes: «¿Pues al bueno quién le teme?»
Decía que «el saber es para los jóvenes sensatez, para los viejos consuelo, para los pobres riqueza y para los ricos adorno».
Preguntado qué es lo mejor en los hombres, respondió: «La libertad en el decir» .
Solía hacer todas las cosas en público, tanto las de Démeter cuanto las de Afrodita, valiéndose de estos argumentos: «Si el comer no es nada extraño, tampoco lo será comer en el ágora. El comer no es nada extraño; luego, tampoco lo es en el ágora».
Decía que la ejercitación es en dos maneras: una del alma y otra del cuerpo. Que en esta ejercitación del cuerpo se conciben imágenes que dan agilidad para acciones valerosas. Pero que es imperfecta la una sin la otra, ya que el buen hábito y la fortaleza se agregan al alma o al cuerpo a quienes pertenecen.
Daba sus pruebas de que del ejercicio a la fortaleza se pasa fácilmente, pues veía que en las artes mecánicas y otras adquieren los artesanos no poca destreza con el ejercicio continuado. Que los flautistas, v.gr., y los atletas se diferencian entre sí al paso que se ejercitaron con más o menos aplicación a su trabajo. Y que si éstos hubiesen trasladado al alma al ejercicio, no hubieran trabajado inútil e imperfectamente. Así, concluía que nada absolutamente se perfecciona en la vida humana sin el ejercicio, y que éste puede conseguirlo todo. Por lo cual, debiendo nosotros vivir felices abandonando los trabajos inútiles y siguiendo los naturales, somos infelices por demencia propia.
Decía que las mujeres debieran ser comunes, sin establecer ningún matrimonio; sino que el que persuadiera a una se uniera con la que había persuadido y, por consiguiente, que fuesen también comunes los hijos.
Menospreció la música, la geometría, la astrología y semejantes, como inútiles y no necesarias.
Soportó la venta de sí mismo cuando navegando a Egina fue cogido de piratas, cuyo capitán era Escirpalo, y vendido en Creta. En esta ocasión, preguntándole el pregonero «qué sabía hacer», respondió: «Mandar a los hombres»; y señalando con el dedo a cierto corintio que pasaba por allí muy bien vestido (era el Jeníades que dijimos arriba), dijo: «Véndeme a éste; éste necesita de amo». Comprólo en efecto Jeníades; llevóselo a Corinto; lo hizo preceptor de sus hijos y administrador de toda su casa. Portóse en ella de manera que Jeníades decía por todas partes: «El buen genio vino a mi casa».
Dícese que murió a los noventa años de su edad. Acerca del modo de su muerte hay variedad de pareceres. Hay quien dice que habiéndose comido crudo un pulpo vivo, tuvo un tremendo cólico y murió de ello. Otros dicen que fue por contener la respiración.

METROCLES

Metrocles, discípulo de Crates y hermano de Hiparquia, había antes estudiado con Teofrasto Peripatético. Se hizo tan refinado que, como una vez en medio de un ejercicio se le escapó un pedo, se había encerrado en su casa abatido por la desesperación, con intención de dejarse morir de desánimo. Al enterarse Crates, acudió él con fin de consolarlo, luego de hartarse a propósito de lentejas, y procuró persuadirlo primero con palabras, diciéndole que nada feo había cometido, sino que antes sería un milagro no despedir los gases según la naturaleza; y luego, echándose unos pedos, lo convenció aportando el consuelo de la similitud de las acciones. Desde entonces fue su discípulo, y salió un célebre filósofo.
Decía: «Las cosas unas se adquieren por dinero, como la casa; otras con el tiempo y aplicación, como la educación. Que las riquezas son nocivas si de ellas no se hace buen uso.» Murió ya viejo, sofocándose él mismo.

HIPARQUIA

1. También Hiparquia, hermana de Metrocles, se dejó llevar de los discursos de Crates: ambos eran naturales de Maronea. Se enamoró de Crates tanto por su vida como por su conversación, a tal punto que ninguna ventaja de sus pretendientes, las riquezas, la nobleza ni la hermosura la pudieron apartar de su propósito. Para ella sólo existía Crates. Incluso amenazaba a sus padres que se quitaría la vida si no la casaban con él. Finalmente, como sus padres rogasen a Crates que la removiese de su resolución, hizo éste cuanto pudo, mas nada consiguió. Al final, como no la convencía, se puso en pie, se desnudó de toda su ropa ante ella y le dijo: «Mira, éste es el esposo, y éstos sus bienes; consulta contigo misma, pues no podrás ser mi compañera sin abrazar mis hábitos». Lo eligió ella al punto, y tomando su vestido, andaba con Crates, y se unía en público con él, y asistía con él a los banquetes.
Hallóse, pues, en un convite que dio Lisímaco, en que también estaba Teodoro, el apellidado Ateo, al cual propuso el argumento siguiente: «Lo que no sería considerado un delito si lo hiciera Teodoro, tampoco será considerado un delito si lo hace Hiparquia. Teodoro no comete delito si golpea a Teodoro; luego tampoco Hiparquia comete un delito si golpea a Teodoro.» A esto nada opuso Teodoro, contentándose con tirarle de la ropa; pero ella no se asustó ni turbó como mujer, sino que como Teodoro la dijese: ¿Eres la que dejaste la lanzadera en el telar? respondió: «Yo soy, Teodoro: ¿te parece, por ventura, que he tomado una decisión equivocada sobre mí misma, al dar a mi educación el tiempo que había de gastar en el telar?». Estas y otras muchas cosas se refieren de esta filósofa. 

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